Huérfanos de ritos propios y esclavos de ritos ajenos

Ya lo veo. El próximo 31 de octubre, las calles de las principales ciudades se llenarán de calabazas, telarañas de plástico y niños disfrazados de superhéroes made in Hollywood. Ya lo vi, el pasado 21 de septiembre, mientras el sol cruzaba el ecuador celeste marcando el Killa Raymi, la fiesta andina de la luna, la mujer y la siembra, el silencio fue casi total. Me atreví a desear a varios grupos de conversación un "feliz Killa Raymi” y las respuestas fueron pocas muestras de cortesía y menos de entusiasmo.
Es un contraste cotidiano que lo he vivido varias veces y aún así no logro quitarme de la identidad una basura que logra opacar la mirada. Ya lo sé, es el síntoma de algo más profundo que una simple preferencia por lo divertido sobre lo solemne. Para ponerlo en una frase corta, es el reflejo de una sociedad que siente vergüenza de lo propio y fascinación por lo ajeno.
Ninguna fiesta nace de la nada. El carnaval que hoy asociamos al desenfreno de febrero desciende de las Lupercales y las Bacanales romanas, de los festivales agrícolas y de fertilidad que celebraban civilizaciones enteras mucho antes de que la iglesia católica lo vinculara a la Cuaresma y a la prohibición de comer carne (de ahí su nombre, del latín carne levare). Sin decirlo, en el ambiente flotaba la idea de “ya pecaron, es hora de arrepentirse, de pagar, el desenfreno les cuesta 40 días de castigo porque ustedes son, en principio, culpables).
La Navidad hunde sus raíces en las Saturnales romanas y en el culto al Sol Invicto, reinterpretadas en el siglo IV para acompañar el nacimiento de Cristo en una fecha que, en realidad, la Biblia nunca menciona. Pero, además, sirvió para enterrar la celebración pagana del solsticio de invierno, el 21 de diciembre.
Incluso el Día de la Madre, que hoy parece un invento comercial, nació en 1908 por la iniciativa personal de una mujer, Anna Jarvis, que terminó luchando el resto de su vida contra la comercialización de la fiesta que ella misma había impulsado.

El punto es sencillo: toda festividad, incluidas las que hoy llamamos “importadas", es en algún momento una construcción cultural, un producto de su época. En el fondo, lo que distingue a unas de otras no es su autenticidad original, sino la maquinaria que las sostiene hoy. ¿O alguien puede pensar ahora mismo que la fiesta andina de la cosecha que hace un homenaje a la seguridad alimentaria es más importante que los “descuentos” de Black Friday?
El sociólogo Émile Durkheim acuñó una idea que explica por qué los seres humanos necesitamos festejar: la efervescencia colectiva, esa necesidad periódica de reunirnos para reafirmar los lazos, los valores y la identidad de un grupo. El antropólogo Victor Turner añadió otra pieza: la fiesta crea un espacio de liminalidad, un paréntesis fuera del tiempo ordinario donde se permiten el disfraz, el exceso y la catarsis que la vida cotidiana no tolera.
Ninguna de las dos teorías exige que la fiesta sea local. Y ahí está la trampa: cuando una sociedad debe elegir entre la cohesión que ofrece la fiesta comunitaria, el baile en la plaza, el trabajo en la minga, la convivencia con el vecino con nombre y apellido, y la que ofrece la cultura de masas: el centro comercial, la pantalla, el desconocido detrás de una máscara idéntica a la tuya. Cada vez con más frecuencia elige la segunda. No porque sea mejor, sino porque exige menos.
Conviene distinguir dos ideas que solemos confundir. La aculturación es el fenómeno por el cual un grupo transforma o reemplaza sus patrones culturales al entrar en contacto desigual con una cultura dominante; implica pérdida, sustitución, ruptura en la transmisión intergeneracional.

La cultura de masas, en cambio, no es el cambio cultural en sí, sino la infraestructura, como el cine, televisión, redes sociales, retail, que lo empaqueta y lo vuelve irresistible: toma un ritual, lo despoja de su complejidad simbólica y lo convierte en un producto tiktokiable, predecible, de bajísima barrera de entrada. Adoptar Halloween no exige comprender una cosmogonía, basta con comprar un disfraz. Adoptar el Killa Raymi demanda un conocimiento básico de la cosmología andina y un reconocimiento de nosotros como hijos de la cultura local.
Lo que vivimos hoy en Ecuador, entonces, no es la aculturación forzada de la colonia ni de las políticas asimilacionistas de antaño. Es una aculturación por seducción comercial: nadie nos obliga a preferir Halloween sobre el Killa Raymi o Finados; simplemente, uno cuenta con una gigantesca maquinaria publicitaria detrás y el otro no. La gente no siente que abandona lo propio; siente que se suma a una conversación global.
Entonces, la reflexión se vuelve incómoda, como debe ser. Sociólogos como Pablo González Casanova y Aníbal Quijano, quienes defienden la noción de la colonialidad del poder, han explicado que, aunque la colonia terminó formalmente hace dos siglos, la jerarquía social que instauró sigue intacta en buena parte de América Latina.
En esa jerarquía, identificarse con un rito andino expone al estigma de "lo rural", de "lo indígena", de "lo atrasado". Que alguien se sienta insultado al recibir un saludo por el Killa Raymi es una reacción defensiva de clase y de raza, el temor a que ese saludo lo "baje" en una escala social que todavía premia el mestizaje blanqueado.
Del otro lado está el aspiracionalismo (llamado por otros la pigmentocracia) hacia el imaginario anglosajón, particularmente gringo, que opera como referente hegemónico del éxito. Celebrar Halloween, Thanksgiving a Papá Noel o San Valentín funciona como un pasaporte simbólico hacia la modernidad global; celebrar el Inti Raymi o la pambamesa se percibe como folclore para turistas o como paganismo para catequesis.

Hay, además, un factor específicamente ecuatoriano y actual que agrava esta erosión: la crisis de seguridad. La fiesta de comunidad exige ocupar la calle, la plaza, el barrio; exige confianza en el vecino. Pero cuando la violencia convierte el espacio público en un lugar hostil, esa confianza colectiva se retrae y el "sálvese quien pueda" reemplaza al "defendámonos juntos". La fiesta de consumo, en cambio, no exige nada de eso: se practica en espacios privados, controlados y con suficientes hombres armados en la entrada: el mall, la urbanización cerrada, la fiesta temática entre amigos que venden la ilusión de seguridad. Es, paradójicamente, más fácil y menos arriesgado disfrazarse de un monstruo de ficción una noche al año que salir a construir lazos reales con el vecino para enfrentar juntos una violencia que es real.
Ese repliegue tiene un nombre sociológico preciso: la sustitución del ciudadano por el cliente. Cuando se convence a una sociedad de que sus grandes problemas son responsabilidades puramente individuales, la persona deja de ser un integrante activo de un entramado con memoria histórica y pasa a ser, simplemente, alguien con capacidad de pago.
Y aquí llega el contraste que más debería doler. México encontró en su Día de Muertos, heredero directo de tradiciones prehispánicas, una fuente de orgullo nacional, un producto cultural tan potente que terminó conquistando el mercado global en sus propios términos: Hollywood adaptó su estética, no al revés. El Estado y la industria cultural mexicana convirtieron la memoria y el rito indígena en narrativa de exportación.
En Ecuador, el proceso ha sido casi inverso. La mirada colectiva se orienta hacia el norte, y más concretamente hacia un imaginario muy específico: Miami. Más que una ciudad es el ícono del blanqueamiento: quien es o está cerca de ser blanco tiene la capacidad de gastar sin límite para demostrar que tiene el poder del consumo desenfrenado, de la abundancia privada, del triunfo individual desconectado de cualquier tejido comunitario.
Mientras las instituciones y buena parte de la élite cultural ecuatoriana tratan la colada morada, la pambamesa o el Killa Raymi con una condescendencia folclórica, es decir, que se los tolera como "tradición", rara vez se los reivindica como núcleo de una identidad urbana y contemporánea, aspiramos al modelo mexicano de orgullo cultural sin estar dispuestos a hacer el trabajo que ese orgullo exige: dignificar lo andino, sacudirnos la vergüenza étnica heredada.

Vale la pena cerrar con un dato que por sí solo desarma buena parte del prejuicio: las cuatro grandes Raymi del mundo andino no son fechas arbitrarias fijadas por una industria o un santoral. El Pawkar Raymi (21 de marzo) marca el equinoccio de primavera y celebra el florecimiento; el Inti Raymi (21 de junio), el solsticio y la gratitud por la cosecha; el Killa Raymi o Kuya Raymi (21 de septiembre), el equinoccio y el inicio de la siembra, dedicado a la luna y a la fertilidad; el Kapak Raymi (21 de diciembre), el solsticio de diciembre y los nuevos comienzos, especialmente para la niñez y la juventud. Cuatro fiestas calibradas, literalmente, con la rotación del planeta y con los ciclos que garantizaban la alimentación y la vida de la comunidad.
Frente a esa precisión cósmica, el 31 de octubre parece una fecha cualquiera del calendario comercial. Y sin embargo, es la que hoy llena nuestras calles.
La pregunta que queda flotando no es si debemos prohibirnos a Halloween o idealizar sin matices lo andino. Es más incómoda que eso: ¿qué tanto hemos dejado que el miedo, la vergüenza heredada y la ausencia de una narrativa de Estado propia vacíen nuestras plazas, para que sea la industria del disfraz ajeno la que termine llenándolas por nosotros?
(Este artículo fue trabajado con la plataforma de inteligencia artificial Claude).
No hay más por ahora. Ya vuelvo.



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