La epidemia nacional de la endofobia

Los genios de la publicidad y el mercadeo insisten siempre en que usar palabras en inglés coloca a los productos en una mejor posición frente a los consumidores.
Es reiterativa la suspicacia: ¿los consumidores se seducen más fácilmente con términos en inglés o los publicistas acostumbraron al público a escuchar en inglés «lo que es importante».
Lo que sí es notable y relevante es la diarrea de anglicismos, completamente Incontenible y apestosa, que usan en sus alocuciones públicas. Para ellos decir “me gusta” en vez de like es impensable. Peor aún utilizar la linda palabra “compromiso”, hay que decir engagement. No se diga en los letreros: bakery por panadería, steak house por asadero, outfit por atuendo y mood por ánimo. Es que decir las palabras clave son como la fórmula mágica para el blanqueamiento.
A ponerse serios: en la discusión sobre la identidad colectiva del Ecuador subyace una tensión latente: la fascinación desmedida por lo foráneo en contraposición a una minusvaloración constante de lo propio.
Este fenómeno ahora se conoce como «endofobia». Es analizado desde la antropología y la sociología bajo conceptos como la alienación cultural o el malinchismo. La Endofobia sugiere que una parte sustancial de la sociedad ecuatoriana tiende a sobredimensionar las virtudes de los modelos extranjeros mientras subestima los productos, saberes y manifestaciones locales, su cultura.
En la década de 1980 había una publicidad de una empresa textil, si la memoria no me juega mal. Tenía una frase que se me quedó grabada: “Si nuestras prendas no le quedan bien, el que está mal es usted”. Había un mensaje no dicho de que lo fabricado dentro de estas fronteras es de una calidad insuperable. Eran tiempos en que se hacía algún esfuerzo por fortalecer la identidad y la cultura nacionales.
Pero no, la historia demuestra que seguimos siendo expertos en negarnos a nosotros mismos. No es solamente una preferencia de consumo, este un comportamiento es un síntoma estructural derivado de trayectorias históricas, dinámicas socioeconómicas y relaciones de poder no resueltas.

Desde una perspectiva histórica, esta tendencia encuentra sus cimientos en la matriz colonial. La imposición de una jerarquía social donde lo europeo representaba la cúspide de la civilización, el saber y el progreso, y lo indígena o mestizo quedaba relegado a la periferia. Es, además, una estrategia de sobrevivencia. Los que no eran blancos entendieron que la única manera de dejar una vida de limitaciones, escasez y penurias era parecerse lo más posible a los que lo tenían todo en abundancia. Había que blanquearse. La posibilidad de ser un indio con plata que defiende la identidad indígena era impensable (si no, pregunten a Cantuña, a quien le inventaron un mito diabólico para bajarle una grada en el escalón social).
«Nuestra ideología dominante ha tendido históricamente a introyectar el juicio del dominador, asumiendo una mirada de autoempequeñecimiento donde lo nacional es percibido como tara y lo extranjero como la única escala válida de civilización.» Lo dijo el pensador Agustín Cueva.
El mecanismo de sobrevivencia se instaló en el pensamiento, a pesar de que el modelo de vida colonial era un fiasco en términos de evolución de una Nación. Y no ha cambiado, a pesar de que mudó a un capitalismo adolescente, sigue fracasando.
Algunos teóricos de las ciencias sociales en América Latina han dicho que el proceso de independencia política no extirpó la llamada «colonialidad del poder» la mayoría de la gente perdura una mirada que está condicionada a que el “extranjero”, sobre todo si proviene de Estados Unidos y Europa, tienen estatus, sofisticación y rigor técnico. Al contrario, lo nacional arrastra un prejuicio tácito de menor calidad o fragilidad institucional. Quien logra integrarse, así sea artificialmente, a lo extranjero significa que ha roto el círculo de la pobreza, que se ha blanqueado.
Lo dijo el más importante filósofo ecuatoriano, Bolívar Echeverría: «Los negros, los orientales o los latinos que dan muestras de "buen comportamiento" en términos de modernidad capitalista estadounidense pasan a participar de la blanquitud. Incluso, y aunque parezca antinatural, llegan con el tiempo a participar de la blancura...»
En las últimas décadas, la llegada de la revolución digital acentuó de manera drástica esta dinámica de subordinación simbólica; la endofobia se engorda feliz. La masificación de las redes sociales y la globalización de las plataformas de contenido concentradas en el Norte Global expusieron a la ciudadanía ecuatoriana a un flujo ininterrumpido de estándares de vida, estéticas y discursos ajenos. Hay que ser como ellos. Porque ser como nosotros somos…, deje no más.
Se supuso, en algún punto, que lo ecuatoriano se beneficiaría de la hiperconectividad. Pero, seguimos mostrándonos como unos pasantes de la lógica capitalista, el típico «quiero, pero no puedo». Se ha dicho, también, que a través del consumo digital diario los aspirantes encontraron un ropero listo para vestirse con las hiperrealidades diseñadas fuera del país. La distancia entre la cotidianidad nacional y el ideal importado es más profunda, la percepción de lo local como algo insuficiente o atrasado se fortaleció.
Sí hubo quien en el Ecuador intentó trabajar sobre el orgullo de ser ecuatoriano. Pero se fue perdiendo poco a poco a manos de autoridades que nos enseñaron que el blanqueamiento es la única manera. Un presidente que hace homenaje a una cadena internacional de comida rápida (que, además, atenta contra la salud pública) y que se sienta a comedores populares solo en campaña electoral es una muestra innegable de que las élites prefieren volver al estatus de colonia.
Pero bien, la irrupción de la inteligencia artificial y el avance de la «colonialidad algorítmica» han complejizado aún más esta brecha de conocimiento. Al estar entrenados por formadores de economías desarrolladas, que emiten volúmenes masivos de datos tendientes a generar más consumo, los modelos generativos y los algoritmos reproducen sesgos culturales, sutiles y eficientes. Cuando un ciudadano o profesional ecuatoriano recurre a la inteligencia artificial como fuente primaria de validación, conocimiento o creación, con frecuencia recibe respuestas que priorizan la literatura, los marcos normativos y las cosmovisiones occidentales, por encima del contexto sociopolítico local. De este modo, la tecnología no solo automatiza procesos, sino que puede llegar a institucionalizar el sesgo de que la verdad, la eficiencia y la innovación vienen predeterminadas desde el exterior.
Esta frase de Pablo Minda Batallas me parece adecuada” «El desprecio por lo propio no es un hecho natural, sino un aprendizaje social. La matriz colonial enseñó al ecuatoriano a blanquear sus gustos, sus consumos y sus referentes, asociando lo local al atraso y lo foráneo al prestigio.» No olvidemos que aún hay ecuatorianos que dicen que el Ecuador no progresa porque «los indios» son un lastre que no nos deja despegar.

En esta línea, la sociología ecuatoriana ha reflexionado sobre cómo la fragmentación regional y étnica del país incide en este dilema. La dificultad histórica de armar una narrativa de lo nacional, de lo ecuatoriano, de una identidad nacional ha dejado vacíos en la autoestima colectiva. Ante la ausencia de esa conciencia de lo que somos, el referente externo funciona como un estándar al cual aspirar. Ya no es suficiente ser blanco como el patrón de la hacienda, como en la época colonial, o como el criollo de las ciudades de la república. El blanqueamiento ahora es ser de un país que venda mejor su prestigio. La paradoja radica en que Ecuador posee un patrimonio natural, humano y cultural extraordinariamente rico; sin embargo, se valora localmente siempre que sea validado, permitido, por la mirada o del mercado internacional.
Superar esta inercia no es chovinismo ciego ni rechaza los aportes del mundo global o tecnológico. Construye una autovaloración crítica y fundada. Exige desmontar los sesgos invisibles, que incluye los algorítmicos, que minusvaloran el talento, la industria y la memoria local, transformando la percepción de lo propio no como una alternativa secundaria, sino como la base legítima de la identidad y el desarrollo nacional.
Lo dicho por Benjamín Carrión hace 83 años sigue siendo el epílogo necesario: «Si no podemos ser una potencia militar ni económica, seamos al menos una potencia cultural; construyamos esa patria pequeña pero firme, capaz de dejar de mirar con servilismo hacia afuera para empezar a validarse desde adentro.»
No hay más por ahora. Ya vuelvo.



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