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La estética como lenguaje de identidad

Foto del escritor: Álvaro Samaniego Ponce
Álvaro Samaniego Ponce
27 ago
5 min de lectura

Tener al frente a una persona con una corona de plumas no es habitual. Para los habitantes de las urbes, que están desconectados de la realidad que está dos pasos más allá de burbuja de privilegios, es una imagen estrafalaria.

 

Además de esta primera impresión, hay una reacción inmediata que saca a flote los juicios y prejuicios, los cedazos que filtran la información. Hay, por lo general, una pregunta que emana en los suburbios de la mente: qué significan los símbolos contenidos en su estética personal. Es una pregunta permanente y segura.

 

Una muestra abrumadoramente abundante sucedió en la ciudad de Puyo (Amazonía ecuatoriana), a propósito del XII Foro Social Panamazónico, se citaron nacionalidades indígenas de nueve países de la cuenca del Amazonas.

 

Claro estuvo desde el principio que analizar esta estética en busca de la identidad no dejaba espacio para la odiosa, inútil y prejuiciosa comparación con las expresiones estéticas urbanas, menos con las propias. Esto es tan perjudicial como medir la vestimenta ritual o ceremonial o cotidiana con la vara del exotismo, eso ya pasa por insulto.

 

Un evento internacional que convocó a más de dos mil líderes fue motivo para lucir las galas y para decir, de una manera no verbal y con la flexibilidad de la sutileza, quién es quién. La identificación lleva implícita una descripción de la identidad y la estética tiene un papel fundamental. Son, en todas las reglas, las palabras que no se dicen pero que significan. En efecto, lo que una persona se pone sobre el cuerpo –o lo que no se pone- es un indicativo inicial que responde a la pregunta de quién soy en mi contexto social. Además, da una pista inicial del lugar de origen: quién soy y de dónde vengo.


Mujeres waorani practican una danza ritual. Foto de Álvaro Samaniego
Mujeres waorani practican una danza ritual. Foto de Álvaro Samaniego

Los waorani de la Amazonía ecuatoriana, durante una danza que dio inicio al evento regional, estaban semi desnudos o totalmente desnudos. Esa es una característica cotidiana y hay al menos dos razones: su selva es muy caliente y la ropa es un estorbo, y, luego, el contacto de la piel es como una frase de hermandad, de solidaridad. Decidieron mostrarse cómo son, en una doble muestra de respeto: de quien se expresa para quien escucha, percibe.

 

Otros llevaban unos batones hasta los tobillos. Y unos más diversas prendas que son distintivas de sus comunidades. La vestimenta tradicional de una región es otra capa en esta sucesión de renglones de la historia de vida de los pueblos. De hecho, una de las maneras más ricas de expresión en el apogeo de los Incas en los Andes fueron los textiles.

 

Entre los factores comunes que predominaron estuvo que todos vienen de la Amazonía. Es, básicamente, un bosque nublado, la selva, una extensión de millones de kilómetros cuadrados dominado por árboles descomunales y ríos como venas y arterias, una biodiversidad alucinante. Todos han convivido con un territorio muy parecido, que tiene más de común que de extraño. Luego, el intenso vínculo que mantienen con la selva –o con la tierra, en general- es materia de creación de símbolos, muy fuertes, evidentes, sin lugar a duda ni necedades. Es necesario ampliarlo, el vínculo es con la tierra y con todos los seres vivos que la habitan.


Mujer kichwa de la Amazonía. Foto de Álvaro Samaniego
Mujer kichwa de la Amazonía. Foto de Álvaro Samaniego

Luego, aquello que es diario, indispensable, común para ellos, toma una opción estética para convertirse en símbolo. A saber, las semillas de huayruro, atadas con chambira forman pulseras, collares y tobilleras. Una fibra vegetal de un color semejante al de la piel cobriza que, entrelazada, forma un tejido que sostiene las semillas, como idea de la reproducción, el renacimiento, la permanencia.

 

Ninguno de estos adornos, en principio, sirven para demostrar una diferencia de género o una mayor o menor jerarquía y, ni tan siquiera una posición especifica frente a su comunidad. Es, más bien, una señal de que están atados al medio en el que viven, a la naturaleza de la que son parte.

 

En un cuerpo de piel cobriza, la chambira, habana, se funde y lo que resalta son las semillas, que pueden tener tonos más intensos. No estoy seguro de que quieran parecerse a la selva, que sea una estrategia de mimetización. Suena que es una ratificación del vínculo, un símbolo de que una persona pertenece a un bosque –nótese la diferente con la otra posible construcción: «Un bosque que pertenece a una persona»-.


Niña con loro. Foto de Álvaro Samaniego
Niña con loro. Foto de Álvaro Samaniego

En esta observación me pregunté varias veces si son nada más adornos especialmente llamativos para un afuereño. Más coherente me parece pensar en símbolos cuyo significado es común para ellos, pero oculto para los que no somos de su comunidad.

 

Eso se reafirma con otro elemento destacado: la pintura sobre la piel. Son diseños geométricos o lineales y no hay parte del cuerpo que no sea ideal para hacerlo. Muchos kichwas de la Amazonía tenían sus manos y un parte de su rostro pintados totalmente de negro. Algunos zápara tenían unas líneas como escamas en la espalda. La mayoría tenían colores que parecían provenir de carbones apagados: entre muy negros y plomizos.

 

No sé si será una costumbre antigua usada para camuflarse en la selva en tareas de casa. No sé si la intención es aumentar la fiereza del rostro para atemorizar a los enemigos. De nuevo, no parecía ser maquillaje, pinturas puestas para resaltar tal o cual parte del cuerpo. ¿Qué quieren decir con trazos dibujadas sobre la piel y que teñirán la piel por un período finito?


Kuraka de la Amazonía con el batón de mando. Foto de Álvaro Samaniego
Kuraka de la Amazonía con el batón de mando. Foto de Álvaro Samaniego

Luego, otros elementos notables que se usan son los de origen animal: los más, plumas de aves y dientes de felinos. A veces solos, a veces acompañados, pero son las decoraciones más llamativas. Las plumas son elementos indispensables de las coronas, de collares y de aretes.

 

La variedad de colores y de formas es ilimitada. En un ambiente dominado por el verde y la tierra, los colores de las plumas me llevaron a pensar en aves y en su significado universal de libertad. Ellas ocupan el único espacio que no pueden ser alcanzado por las personas

 

No puedo afirmarlo científicamente, pero durante años he escuchado decir que, al usar estos ornamentos, quien los lleva se apodera del poder del animal de los que los obtuvo. Puede ser, aunque, por otro lado, no veo que sea muy común en el pensamiento de los pueblos ancestrales el concepto de la apropiación es más común compartir o ser recíprocos.


Niña waorani con vestimenta ceremonial. Foto de Álvaro Samaniego
Niña waorani con vestimenta ceremonial. Foto de Álvaro Samaniego

Lo último que se dejará anotado aquí es el bastón de mando de los kurakas. Es una vara larga, adornada con cintas de colores y lo que cada uno quiera. Es, para dentro de su comunidad, la legitimación del poder que le da su liderazgo y, para fuera de la comunidad, una señal de rango. Probablemente, el kuraka tenga la mejor corona de plumas, los mejores collares y pulseras, el más grande diente de felino. Se repitió bastante, de lo que se pudo observar, cintas con los siete colores de la wipala.

 

Ahora, la estética de los asistentes a este evento político era como un griterío, que expresaba la pertenencia a la selva, casi un panegírico a favor de su territorio y de la vida especial que ahí sucede.

 

¿Relevante? En un contexto global, estas personas son las que podrán evitar que el planeta colapse por el cambio climático, porque son quienes cuidan el mayor antídoto contra el calentamiento global.

 

Sin decirlo, la manera como se presentaron fue la carta de presentación del que parecería ser un poder relevante, emergente en el contexto global: el panamazonismo.


No hay más por ahora. Ya vuelvo.

 
 
 

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