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¿La identidad virtual es una simulación o una reconstrucción?

Foto del escritor: Álvaro Samaniego Ponce
Álvaro Samaniego Ponce
9 sept
4 min de lectura

Así como tengo la seguridad que las personas de más edad entendemos cada vez menos a los de menores edad, me imagino que a los jóvenes les incomoda no comprender las incomprensiones. Suelen ocurrir eventos cotidianos que en los que los seres humanos somos tan extraños como extraterrestres.

 

Desde que vivimos una parte de nuestra cotidianidad en un espacio virtual, el ejercicio de entender la transición es doloroso. Ya sabíamos cómo pisar en el césped, colgar la ropa mojada, comprar ají, usar el ascensor,

 

Luego, otros sabían cómo pedir pizza, pagar los impuestos, ver películas sin pagar entradas, ser parte de una comunidad. Seres extraños, indescifrables, lacónicos, que parecían que no estaban en esta tierra.

 

Había sucedido una catástrofe, que había cambiado por completo la velocidad, la dirección y el motivo por el que se mueve la vida. Los nativos análogos nos habían convertido en unos desubicados migrantes digital. Nos envolvía un, como decirlo, una nostalgia epistemológica: un lamento porque las reglas que nos enseñaron (causa-efecto, presencia-ausencia, original-copia) ya no eran útiles. Y, cada vez servían menos.


Ilustración generada por Copilot
Ilustración generada por Copilot

Había una sensación de que un mismo cuerpo estaba habitado por dos personas que se conocían, pero que no necesariamente se querían. El un yo procura hacer comentarios inteligentes, respeta las normas sociales, defiende a su familia como el núcleo seguro, tiene un concepto religioso y siente miedo. El otro yo no conoce los límites de lo que puede comunicar, respeta las normas de las diversas comunidades según sea, el núcleo inexpugnable es él, entiende el mundo virtual y no tiene miedo.

 

A lo dicho le siguió una reflexión que me pudo haber llevado a la demencia. He leído mucho últimamente para tratar de entender la identidad andina actual. Casi como una epifanía surgió la pregunta de si la identidad virtual es otra. Y, siendo así, cómo opera cada una, como actúan en conjunto y sucede cuando se disocian.

 

Lo que hallé fueron algunas pistas para entender que lo incompresible tiene una explicación, independientemente de que la comparta.


Sherry Turkle, en su libro La vida en la pantalla (1997), se refiere al realidad ”multiversal”, que es la posibilidad de jugar en varios niveles de la realidad virtual, a través de camuflar la identidad y no mediante la creación de una diferente. Las personas crean personajes y juegan con su identidad, como un ejercicio de experimentación consciente, para determinar cuál identidad le pone en mejor posición frente a qué grupo.


Luego, el yo facebookero comenta haciendo gala de su experiencia, el yo instagramero lo hace con arte, el youtubero con dominio visual de la escena, el twittero con su capacidad para ser amenazante y el tiktokero es un lúdico que copia. Para todos esos, que no son los únicos, hay una descripción del yo, que es, literalmente, una definición de la identidad.


Imagen de Ron Lach, Pexels
Imagen de Ron Lach, Pexels

Es una construcción permanente, que  Russell Belk  llama el "yo extendido”. Las posesiones son inmateriales, el avatar es una extensión fiel de la corporalidad, la identidad o su formación depende de otros con quienes hay gustos compartidos y la memoria existe en un lugar en la nube, no en la mente.

 

Por esto, la filósofa Marya Schechtman sugiere que nuestra identidad personal se define por la historia que contamos sobre nosotros mismos. Los mundos virtuales no son una amenaza para la identidad, sino un nuevo escenario para su construcción narrativa. El avatar se convierte en un capítulo más, o incluso en un protagonista alternativo, de la narrativa de la vida.

 

No es posible pasar de este hito sin dejar en claro lo que autores más recientes afirman. Coinciden en que es necesario superar la falsa dicotomía entre realidad y virtualidad. Todo existe, está junto.

 

Para este texto, es indispensable pensar en una identidad social, más que la individual, y minar para encontrar cuáles son los factores comunes de la identidad virtual.

 

En la tradición sociológica, la identidad social se anclaba en tres pilares físicos: el territorio (la frontera), el tiempo lineal (la historia común) y el cuerpo (el ritual presencial). La identidad social real era, en esencia, una geografía afectiva.

 

La virtual responde, más bien, a seis factores: el anonimato (o disociación), la invisibilidad (no ves el llanto o el enfado del otro), el asincronismo (no hay reacción inmediata), la introyección solipsista (piensas que la pantalla es tu mundo privado), la minimización de la autoridad (no hay un policía o un juez al lado) y la disociación de la realidad (lo que pasa en la red "no cuenta”).

 

El núcleo semántico de la identidad (el sentido de pertenencia, las emociones, los valores, la memoria autobiográfica) sigue siendo irreductiblemente humano. La IA no decide quién eres; decide qué versiones de ti tienen más posibilidades de expresarse y de ser validadas por el sistema.

 

Trabajé con la plataforma de inteligencia artificial DeepSeek una conclusión y este es el resultado: “La identidad virtual no nos vuelve idiotas; nos expone. Lo que hacemos en la red es un ensayo de lo que somos cuando nadie nos ve, cuando no hay un cuerpo que juzgue nuestra mirada. Y lo que hacemos en el mundo físico cuando estamos con auriculares es un ensayo de lo que somos cuando el espacio compartido deja de ser relevante. El drama no es que la gente sea mala; el drama es que no hemos inventado aún una educación que enseñe a conmutar entre ambos mundos con la misma soltura con que cambiamos de canal”.


No hay más por ahora. Ya vuelvo.

 
 
 

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