De ferias, feriados y feriantes
- Álvaro Samaniego Ponce

- 11 ago
- 4 min de lectura
Que las ferias coincidan con los feriados, no es una novedad para los feriantes. Nada se compara a un mercado extraordinario lleno de gente y que entra en una burbuja amable y tibia, habitada por otros que buscan lo mismo.
La maldita transmutación de las letras en corajes, mortajas, personajes, montajes, pasajes, juergas, carruajes y paisajes. No lo hablamos, pero todos estuvimos ahí buscando lo mismo, que nos transformen.
¿Habrá habido tantas letras como habitantes tiene esta casa orbicular? A lo mejor más. ¿Cuál fue la palabra que se repitió más en los textos? ¿Cuál fue el número promedio de páginas de los libros? ¿Qué colores fueron los dominantes en ilustraciones y portadas? ¿Hubo un nombre que se repitió más que los otros?
Habrá quien esté calculando, mientras quienes entramos en el laberinto pusimos filtros para concentrarnos en nuestro interés primario y, además, para no perder la sensatez frente a tanto que estaba expuesto. Yo andaba con las ganas de ser una aspiradora crepuscular capaz de encontrar interés a cualquier perencejada, a la gloria que alcance a cazar, al desenfreno de sentirme colosal para acumular la vida contenida en todas las páginas.
Fuimos más de 400.000 los visitantes que anduvimos en estas quijotadas, que coincidieron con las fiestas patrias de Perú, con el feriado. ¡Gran número, gran comunidad! Para mi, que he hecho ediciones pequeñas para el mercado ecuatoriano, estar enredado en los pasillos con tantas decenas de lectores es acojonante.

¿Cuánto pesa una feria del libro como la de Lima? En libras no, ese es el cálculo más aburrido. Si hubiera una unidad de medida para asignarle el peso específico a una idea, una deconstrucción, una pérdida, un romance, una arenga, un diálogo, una fuga precipitada, una muerte prevista, un futuro indeseable, veranos inundados de sopores, motas de polvo que se colan en una colmena.
Y darle también una medida al pensamiento, a la reflexión, a todos esos mineros que han podido meterse por los intersticios de la realidad, para describir las raíces, medir los tallos, catalogar los pistilos y los pétalos. El bosque de ensayos, la multiplicidad de fondos editoriales de las universidades…, había que verlo.
Si bien estuve pocas horas, cada minuto de permanecí significó comprobar la cantidad de contrapesos que hay para un mundo que está abarrotado por quienes se regocijan de ser ignorantes. E idiotas.
Y sí, no voy a mentir, a los tiempos que sucedió algo que se va volviendo cada vez más extraño, extraordinario: sentí orgullo la presencia nacional. Apenas me registré en la puerta 3, le pregunté a una señorita que dónde estaría el sitio del país invitado. Me señaló en línea recta: unos cien metros más allá alcancé a mirar la palabra con que se designa el territorio al que pertenezco. Imponente, pero cálida a la vez.
Muy digna presencia. 40 autores, cientos de títulos, decenas de eventos, gastronomía y música. Un pabellón sobrio, que tenía más luz que el resto, cuyos elementos habían sido colocados con cuidado para dar la sensación de que en este país se escribe. Se escribe bastante.
Y las editoriales. Las grandes, las chicas, las independientes. Camilo Larrea andaba moviendo las maravillas de Alektrion, Milagros Aguirre con su enorme baúl de aportes de abya Yala. Y tantas más.
Pero, como suele suceder, no todo lo que debía pasar tuvo como escenario ese pabellón. Si estás con hambre, la cultura y la literatura se sirven en la conversaciones, en los intercambios, en una tarjeta que cambia de manos, en la reciprocidad del libro dado y el libro recibido, en tres frases de afecto y dos declaraciones de principios.
Con Sabrina Duque nos vimos en varios momentos. Es tremendo estar junto a una cronista autora de «Necesito saber hoy de tu vida» y escuchar sus técnicas de disección de personajes, que parecen libres de toda vulnerabilidad.
O Mariella Marique, eternamente encantadora, buceadora de las profundidades de la literatura, docente y tallerista sempiterna. O, Juan Fernando Andrade, malabarista que anda con la misma gracia en los pantanos de la literatura como en los laberintos del guión cinematográfico.
O Zelmira Aguilar, a quien encontré detrás de su computador, que estaba detrás de una pila de libros de quienes han aclarado su voz para hablar del racismo desde la óptica de las víctimas y con su propia voz, la voz de la negritud.

La organización de la presencia ecuatoriana, de extremo a extremo operada por la Cámara Ecuatoriana del Libro fue, en mi caso, impecable. Para un país con tan poco hábito de presentarse unido ante otras naciones, la de Lima fue notable.
Luego de algunas conversaciones con personas de este sector, quedó claro lo poco que conocen en Perú de la literatura ecuatoriana actual, y viceversa. Salvo en casos de escritores que ya se consagraron en esa plaza (María Fernanda Heredia, Leonardo Valencia y otros). Y viceversa. El esfuerzo de la Cámara de un timón claro en la dirección de entrar a un mundo, hasta ahora ajeno y lejano.
El universo literario es amplio, es imposible saberlo todo y es arriesgado poner filtros –pueden ser los incorrectos-. La FIL Lima 2026 fue como un puñado de esencia, como un instante en que estuvo todo lo que debía estar.
Sí, fui feliz. Como dicen en mi barrio, fui feliz como una perdiz, chancho en lodo, chivo en risco, lucero en ventana. Si el destino me depara un paraíso, quiero que sea ese.
No hay más por ahora. Ya vuelvo.



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