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La interculturalidad en la literatura ecuatoriana

  • Foto del escritor: Álvaro Samaniego Ponce
    Álvaro Samaniego Ponce
  • hace 3 horas
  • 8 min de lectura
La siguiente es la ponencia presentada durante la Feria Internacional del Libro de Lima, FIL Lima 2026, junto con Enoc Merino Santi. Formé parte de la comitiva oficial del Ecuador, que fue el país invitado de honor de esta edición de la feria.


Pero bien, me presento, soy una víctima de la interculturalidad. O soy un damnificado. No estoy muy seguro. A lo mejor, al final de esta charla sabremos cuál es el nivel de afectación a mi realidad.

Lo digo porque ustedes no saben todo el esfuerzo y todo el tiempo que me han costado, y que me sigue costando, que me crean que soy un ecuatoriano más.


Para detener las especulaciones, debo declarar con firmeza que soy runa, un hijo legítimo de los Andes, y decir también que estoy atrapado en esta vaina de un gringo sureño republicano.

El origen de toda esta victimización, que la uso como una metáfora para tratar de tejer algunas reflexiones sobre la interculturalidad, es que generalmente se me considera el representante de una cultura extranjera.


Normalmente, las personas creen que soy parte del equipo de la cultura blanco-mestiza, dominadora, racista, excluyente, xenófoba, homofóbica y dueña del poder. Creen que pertenezco a quienes han causado y todavía provocan tantas miserias a nuestros Abya Yala.


Esto ha sido un obstáculo grande para mi necesidad humana de integración transparente y honesta. Sigue sucediendo este péndulo entre la manera como me identifico y la forma como me encasillan. Es la encarnación de los estereotipos. En nuestras culturas siempre partimos del prejuicio, de una extraña lealtad al principio de que lo diferente está podrido, es una forma de actuar que suprime cualquier posible integración transparente. Todos somos culpables mientras no existan señas que nos rediman.



Es presumido creerme un guía capacitado que abre la puerta a un terreno tan vasto, ambiguo, inestable, profundamente conflictivo y desigualmente disputado como es la interculturalidad, pero lo voy a hacer de todas maneras. He de partir con la certeza evidente y fuera de discusión de que la literatura ecuatoriana no es y no será ni más ni menos que un espejo de la cultura nacional.


Luego, miremos a vuelo de pájaro la cultura ecuatoriana. La historia nos ha demostrado que el Ecuador, y podría atreverme a decir que la América ibérica, integra un proceso histórico que fracasó en su afán por liberarnos del colonialismo ancestral. Tanto fue el fiasco que hemos vuelto a fracasar más de una vez y siempre ha habido formas de colonialismo que han sacado provecho.

La condición básica se ha mantenido. El de ahora es un estado de una minoría que domina a una mayoría dominada. Del un lado están quienes son dueños de todo y del otro los que no tienen acceso a nada.


Hace 30 años intenté entenderlo y escribí mi primera obra publicada, «Las voluntades rotas». Traté de verdad de explicar lo que la escritora Mafe Moscoso lo ha hecho con destreza en su libro de cuentos «La Santita». Dice: «Ser negro o indio y venir a vivir en nuestro entorno de cemento estaba prohibido, aunque no estuviese escrito en ningún lado, aunque ninguna persona lo haya mencionado alguna vez. La prohibición se suscribía a las leyes mestizas de convivencia marcadas por una matriz huasipunguera que se autoreproducía a sí misma como un enorme caracol hermafrodita antes y después de 1812».


El modelo de dominación colonial que fracasó en el pasado está fracasando en el presente. Un síntoma inequívoco es una literatura que avanza a traspiés, fragmentada, intentando con más empeño que destreza tomar una posición en el mundo de las letras.


La Constitución del Ecuador trató de enmendar esta falla estructural. Fue aprobada en 2008 y se incluyó la declaración de un Estado plurinacional e intercultural.


Incorporó en su lenguaje jurídico el principio kichwa Sumak Kawsay, que se traduce como «Buen vivir», una de las bases fundamentales de las cosmovisiones de los pueblos andinos y de algunos amazónicos.


En el papel, esto habría significado generar las condiciones para una relación intercultural simétrica entre 14 pueblos ancestrales, además de los negros, mestizos, los que se dicen «blancos»; los de las ciudades y los del campo, los migrantes, todas las ramas de autodefinición de género. Es una diversidad inmensa.


Hemos de pensar que las personas de todas esas casillas tienen la necesidad de expresar su cultura a través de un arte particular. Y, la audiencia sabrá conectarse con esa expresión, de acuerdo a su contexto.


El problema, a mi modo de ver, está en el medio, en los conectores que hacen que la interculturalidad suceda o no suceda realmente.


Al menos en el territorio utópico de las cosas que deberían estar bien, esos conectores tendrían que ser canales de transmisión de cultura, libres, equitativos y humanos. Pero fueron secuestrados desde hace mucho por el poder. La cultura es un instrumento eficiente de dominación.


Y sin mucho aspaviento puede trastocar a una distopía. En mi obra «Sicarios de Quito», publicada el año pasado, la conclusión básica es que en el futuro no van a cambiar esos conectores ni las características de un estado fracasado.


Pero bien. El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría vio con claridad filosófica lo que yo atisbé literariamente. Se preguntó cuáles son los signos particulares de la identidad andina y descubrió algo que llamó «ethos barroco». En esta sociedad que ha fracasado, lo que existe es apenas el diseño para la construcción de un yo común. Señas particulares hay cuatro, que son, en realidad, herramientas de supervivencia:


La primera es la teatralidad: actuamos voluntaria o inconscientemente un papel en una obra ajena, es un proceso permanente de adaptación.


Luego, se presenta la ornamentación: teñirle a la cotidianidad de elementos simbólicos que nos acerquen al objeto de deseo. Mucha bambalina, harto ruido para evitar que descubran que somos marginados.


La transgresión como tercera destreza: vivir al borde del orden establecido por la dominación. Además, tener la habilidad de sacarle provecho y salirse sin provocar consecuencias duraderas.


La informalidad, para terminar: adaptarse al orden formal que imponen el poder y seguir viviendo en el desorden, es decir, bajo normas no oficiales.


Estos cuatro puntos cardinales del ethos barroco marcan también la interculturalidad en general y la de la literatura en particular.


Bien, avancemos: parecería que todo se limita a una disputa. Evidentemente, esta es una constante histórica.


Luis Macas, runa kichwa y uno de los exponentes del pensamiento de los pueblos ancestrales, lo describe así: «Creo que la propuesta de la interculturalidad va más allá de simplemente sentarnos a conversar cuan diferentes somos o no somos, o de las particularidades [. . .]. Así conversando de la experiencia en nuestro país hemos dicho: cómo podemos hablar de interculturalidad si existe un poder dominante, pueblos y culturas subordinados, desde su visión. Y es un poder agresivo y violento que está prácticamente arrasando con pueblos, culturas y sociedades».


Esta frase fue extraída del estudio “Literatura e interculturalidad. Una propuesta para posibles lecturas otras”, publicado por Michael Handelsman, en 2021.


“En el caso del Ecuador hasta la actualidad se considera que la interculturalidad es un tema que concierne a los pueblos indios.”, según ha escrito el estudioso Ariruma Kowii.


La práctica reniega de la realidad. Kowii dice que debería ser «la relación entre culturas, la valoración, el conocimiento y respeto del otro; la necesidad de generar puentes que contribuyan a la comunicación entre diferentes culturas». Pero «en todos los casos, enfrentan tensiones, conflictos generados por el mismo hecho de la diferencia cultural.»


Luego, creo estar en capacidad de decir que la interculturalidad es nuestra batalla de Pichincha, es el campo en el que reventó el fragor de la guerra para evitar la dominación. Y, por supuesto, no para reproducirla con actores diferentes.


Su servidor junto a Enoc Merino Santi, compañeros de ponencia.
Su servidor junto a Enoc Merino Santi, compañeros de ponencia.

Entonces, la conclusión lógica es la misma, la vida cultural, artística y literaria se divide en los que tienen el poder y los que no lo tienen. Pero, esta aritmética me resulta todavía insuficiente.


Me animo a invitarles a pasar a un terreno inundable y potencialmente pantanoso. Ni los escritores ni los lectores somos esencialmente operadores políticos de ninguno de los dos bandos del campo de batalla. Es decir, respondemos a una conciencia personal y no hemos prescindido de la pluma para empuñar la fusil, no necesariamente. Creo que los escritores, en general, lo hacemos por otras razones alejadas de la militancia, a pesar de que sabemos que hay una incidencia. Porque si la literatura deja de ser política se convierte en un manual de tejido de punto o en una fórmula mágica de autoayuda, de comida rápida para el alma.


Eso estarían pensando algunos escritores de mediados del siglo pasado, quienes liberados de los prejuicios, irrumpieron con una literatura que pretendió revalorizar la cultura de los pueblos ancestrales.


Lo hicieron escritores que no eran indígenas. Este ejemplo desata un tifón de preguntas: ¿Fue eso una imposición? ¿Fue una convicción honesta por entender un mundo ajeno? ¿Había el deseo de «traducir» o de «interpretar» una cultura que no era la propia? ¿Es lícito que escritores de clase alta, con una educación y sin apuro ni afán de supervivencia, describan un universo de marginados, excluidos y parias? Hacerlo, ¿significó sostener el colonialismo?, ¿trataron de apropiarse de una cultura ajena?, ¿practicaron una interculturalidad asimétrica?


En el otro extremo está la audiencia. ¿Por qué los lectores leen sobre los indígenas pero no leen a los indígenas?, ¿puede ser que no tengamos ganas de comprometernos a una incorporación honesta?. Y, menos aún, ¿ganas de escuchar lo que las otras culturas dicen de sí mismas? ¿El indigenismo es una mentira para los indígenas?, ¿es una verdad a medias?, ¿es una interpretación errada que corrompe mucho y aporta poco?


No creo que existan respuestas universales para las preguntas anteriores, a riesgo de atentar contra el buen sentido de la reflexión.


Me inclino a pensar que podría ser que el escritor y el lector mestizos se creen neutrales, que su formación y realidad los hace sentir universales. Pero, da la impresión también de que siguen operando con categorías coloniales, por una necesidad esencial de «blanqueamiento».


Esa es la supervivencia cultural. Tras generaciones de intentarlo y no lograrlo, todo el esfuerzo puesto apunta a convertirse en blanco-mestizo, en el sentido de formar parte de los dominadores. Es un camino y no otro. Eso aleja, de nuevo, la posibilidad de una interculturalidad real.


He tomado este camino porque quería llegar con suficiente energía a proponer que, en la práctica, la interculturalidad sucede, como un intercambio de iguales, fuera del campo de batalla.


Hay un intersticio, un espacio liminal. No es un lugar feliz. Tampoco es la tercera vía, peor aún un paseo de domingo. El intersticio es, a menudo, un lugar de sufrimiento para quienes lo habitan, básicamente porque no lo han elegido. Es el espacio en el que se mueve con soltura el mestizo que no es suficientemente blanco ni suficientemente indígena. El afrodescendiente que no es auténticamente negro. El migrante que ya no es de allá ni es de aquí. Es ahí donde la interculturalidad es bastante permeable para que suceda el milagro naturalmente. Ahí es donde se está produciendo una literatura extraordinaria. Una que se abstrae de la dominación y de la resistencia, y que se concentra en una humanidad universal. El reducto en el que todos los elementos de esta batalla son conocidos de memoria y por tanto es posible evadirlos, no son ni una frontera ni un barrote. Es la hoja en blanco en la que se conquista la ficción, independientemente de la calificación.



Luego de haber dado un salto conceptual hacia la inclusión de la interculturalidad en la Constitución de la República, el poder dominante socavó la acción hasta dejarlo en un enunciado en los programas académicos oficiales. Esto provocó que el Ecuador sea uno de los países en los que menos se lee: un libro y medio por persona por año. También, que prefiera enormemente a Dan Brown, Rebecca Yarros, Karine Bernal, Brian Tracy y Murakami que a cualquiera de los 40 autores que hemos venido desde Ecuador para conversar con ustedes.


No es una batalla perdida. Se replica la historia de siempre. El poder ha impuesto una interculturalidad llana, de colores pastel, libre de colesterol, trazable y aburrida. Los habitantes de los intersticios se sostienen en el caos, en el querer llegar y no poder, en la transgresión.


Quiero cerrar este capítulo pensando que la literatura, como otras expresiones del arte, están constantemente exponiendo la realidad de una interculturalidad marginal pero poderosa, excluida pero permanente, sojuzgada pero auténtica, tozuda en su deseo de crecer, como el diente de león, que eclosiona en las fracturas de las aceras.


En conclusión, ni víctima ni damnificado. Soy un actor del universo cultural que intenta comprender la interculturalidad como un sistema de resistencia.



No hay más por ahora. Ya vuelvo.

 
 
 

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