Un océano divide (y ata) el ethos barroco y el wabi-sabi
- Álvaro Samaniego Ponce

- 9 jul
- 4 min de lectura
A lo mejor, el término sea ternura. Es verdad, me ha dado mucha ternura constatar que hay gente que se desespera cuando no encuentra factores comunes entre culturas, como que se niega a aceptar la diferencia. Como que su cabeza –o su corazón- no tiene el vacío suficiente para contener la idea de seres humanos cuyas diferencias culturales son tantas, como semejanzas biológicas tienen.
He leí documentos académicos y diplomáticos que describen ese desafío brutal de buscar, y no encontrar, características similares. Y se han chocado con que lo único común entre Ecuador y Japón es la palabra «jama», que tiene un significado aproximado en cuanto al mar.
Tomó al Japón porque es una realidad que he estudiado, tanto como la ecuatoriano. Pero, podría aplicarse para vincular otras realidades culturales.
Seguimos. Y hay otros que se consuelan, me sucedió a mí, con constatar que la palabra «pan» es lo mismo en las dos Naciones. No es una palabra japonesa, es una herencia portuguesa.
He preferido, desde hace años, prescindir de una búsqueda que no me lleva a ningún destino prometedor, y más bien gozar de las diferencias. Que son muchas. Una irrelevante pero sorprendente: Ecuador fue fundado en 1930, hace 196 años (al día de publicación de esta nota). Japón fue fundado en el 660 antes de la era cristiana, hace 2.680 años. Y, aunque parezca un dato geográfico, el país del sol naciente es un estado insular y el ecuatoriano es continental. Esas pequeñas diferencias pueden ser gigantes. Solamente con estos dos datos, sería extraordinario encontrar coincidencias.

Lo que nos convoca ahora es un asunto que tiene origen cultural y se expresa en la estética. Y, se verá, hay 15.000 kilómetros de aguas pacíficas entre una orilla y la otra.
Años atrás, el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría (1941-2010) se preguntó cuáles son las características que distinguen a la identidad andina. Esta respuesta también sirve para entender la estética, como la forma artística de expresar la cultura.
Descubrió algo que llevó a la pila bautismal como ethos barroco. Ethos, en cuanto el conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad (según la RAE). Y, la riqueza de la ornamentación y el efectismo del barroco.
Según Echeverría, somos parte de una sociedad que viven en constante estado de supervivencia para sobrellevar los días de un modelo de sociedad que ha fracaso constantemente.
Las herramientas que usa la sociedad andina son:
La teatralidad: actuamos, voluntaria o inconscientemente, un papel en una obra ajena, y gastamos la vida en adaptarnos.
La ornamentación: es teñirle a la cotidianidad de elementos simbólicos que nos acerquen al objeto de deseo, que es llegar al paraíso de los dominadores. Mucha bambalina, harto ruido para evitar que descubran que somos marginados.
La transgresión: oscilar en el borde del orden establecido por la dominación. Además, tener la habilidad de sacarle provecho y salir de escena sin provocar consecuencias duraderas.
La informalidad: adaptarse formalmente al que imponen el poder y seguir vivir en el desorden, es decir, bajo supuestos no oficiales.
Por ello, odiamos los espacios vacíos, los momentos silenciosos, las acciones organizadas, una planificación básica, la vida cuando fluye serena. Por eso, nos saltamos la fila, nos parqueamos en las aceras, botamos la basura a treinta centímetros del basurero y renegamos de ser lo que somos. Hay un desprecio consciente y constante de todo lo que es ecuatoriano y aún ahora, en pleno tercer milenio de la era cristiana, seguimos considerando que los indios (los runas, para decirlo con propiedad) son el lastre de la sociedad mientras los blancos son la lumbrera.
Luego, las cosas se han quedado estáticas en un terreno fangoso: lo que es auténticamente ecuatoriano está estacionado en el indigenismo. No concebimos otras opciones en una sociedad que es diversa, muy diversa.

En lo cotidiano, la casa debe estar llena de cuadros, así no tengan valor artístico. El auto debe tener calcomanías de una marca que no es la original. La ropa, por la que se pagó un nada, está marcada con nombres cosmopolitas, la entrada a los almacenes tiene parlantes a todo volumen, escuchamos cumbia, reguetón o bachata, nunca la de compositores ecuatorianos. Es un asunto de nombre y de tamaño. Todo tiene que sonar extranjero, grande y costoso, así su esencia sea en esencia contrabando inútil y de rebaja.
¿Qué pasa al otro lado del océano? Lo contrario.
Japón es un país, y los japoneses una sociedad, que tiene una fuerte influencia budista y, más aún, la dictada por la secta zen. Los monjes tonsurados viven abrazados por principios explícitos: asimetría, simpleza, austeridad, naturaleza, profundidad, desapego y calma.
Y, luego, aparece el wabi-sabi, un término que podría traducirse, literalmente, como belleza rústica. Esta idea se basa en tres principios: nada es permanente, nada está completo, nada es perfecto.
De hecho, los japoneses no entienden a los occidentales, tan dados a poseer mucho. Para ellos, un cuadro es una obra suficiente de la que gozar durante mucho tiempo. Una pared llena cuadros es «…mero y vulgar alarde de abundancia», como escribió Okakura Kakuzō.

Cualquier visitante que abra bien los ojos, que vea sin un teléfono móvil como mediador, se dará cuenta de esto. A pesar de un trabajo minucioso, preciosista, austero y de una dedicación asombrosa, no se llega a la perfección. No está en su mente que sea así. Y, a pesar de estar frente a obras asombrosas, saben que son efímeras. Y volverán a intentar mejorarla, en una sucesión que no debe tener fin.
Ahora, una de las claves es la manera como una persona percibe esa estética. El arte es tal en el encuentro entre un creador y su espectador. Si quien recibe el arte lo considera exótico está poniendo un campo minado en la posibilidad de entender la diversidad. Eso exige una actitud activa y crítica.
Nunca la idea será acortar la distancia. Es sano, sí, limpiar los lentes del polvo de los prejuicios. Una apreciación honesta es una experiencia extraordinaria. Es la manera de entender cómo en este planeta redondo y azul pueden convivir el ethos barroco y el wabi-sabi.
No hay más por ahora. Ya vuelvo.



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