De paréntesis y acentuaciones
- Álvaro Samaniego Ponce

- 1 jun
- 4 min de lectura
(Que un artículo comience con paréntesis es casi una aberración. Pero debo hacerlo. Esto comienza con una confesión: para ser una persona cuya profesión es escribir literatura, me cuesta mucho comenzar un texto. Cuando me he retado por esta aparente debilidad, he resuelto la disputa argumentando que hay una responsabilidad implícita en el inicio de un texto. Responder a la pregunta: ¿cómo logro que esto que pienso sea dicho de la mejor manera posible).
Hay una dimensión que es parte de la literatura en la que siento que ocupo el opuesto complementario del acto creativo.
La creación literaria es un acto íntimo hasta más allá de los arco iris. El universo del creador está abierto solamente para él, solo sus manos tienen permitido moldear, rebanar o eclosionar.
Idear personajes está tan alejado de las normas como el corta y cose del Dr. Frankenstein. La construcción de ciudades en muy pocos casos acierta con una lógica urbanista. Los días pasan a velocidades proscritas, algunos son tan lentos como la pendencia de quien lleva a la tumba a su gran amor, otros son tan repentinos como los arrepentimientos.
Esa manipulación del universo, en la que las bases de la civilización son unos adornos distribuidos con desorden, existe en un lugar que, se supone, está entre la temperatura del corazón, los voltios del cerebro y la cadencia del alma.
Conectarse a las órbitas de la ficción significa prescindir de lo tangible y no es extraño que quien está en el proceso muestre la ruptura inclusive en gestos anatómicos inusuales, en respuestas absurdas a preguntas de sí o no, a frases dichas en voz alta que no tienen ningún lugar en la sensatez.
Con buena o mala actitud, siempre hay que volver a la realidad. El cuerpo exige alimentos. La familia pide atención. Los ciclos demandan descanso. La envoltura del alma debe moverse para que las funciones vitales aporten con el proceso. Todo esto está bien.
A propósito, no sé qué efecto tendrá quedarse a vivir en la ficción. Me asusta, porque sé que soy capaz de crear unos monstruos con los que no quiero convivir…, permanentemente.
Luego de un aterrizaje (nunca es lo suficientemente fluido), me invade la sensación de que el proceso de creación del que he sido poseído debe ser compartido.
En épocas a las que no llegué, de alguna manera era el tema de tertulia de los bohemios en los café de moda. Pero eso ya no existe. Luego, para mí es parte de completar el proceso de nacimiento de una obra el presentarla a lectores tan atormentados como uno mismo.

Unas semanas atrás tuve la oportunidad de participar en un encuentro con estudiantes de la escuela de Pedagogía en Lengua y Literatura, de la Universidad Nacional de Chimborazo.
Asistieron unos veinticinco estudiantes y un grupo de docentes. Traté de poner en palabras no literarias la manera cómo había vivido la creación de mis ocho publicaciones, para luego recibir preguntas.
Entonces, sucede aquello de vivir la dimensión del opuesto complementario de la soledad literaria: la comunidad de la reciprocidad.
Además que tengo en mi genética mucho de la identidad andina. En la frente siempre está el principio de la reciprocidad (el antagónico natural del capitalismo). Riobamba me ha dado mucho en cuanto a conocimiento de la cultura popular.
La reciprocidad me conmina a hacer lo mismo, a devolver. Pero ese proceso puede tomar giros imprevistos. Sin que existan autorizaciones ni invitaciones, los estudiantes pudieron entrar a mi universo y yo alcancé a vislumbrar algo del suyo, como esas ventanas altas de los baños que te dejan respirar aires diferentes a los de los inodoros.

Son extraños los encuentros de individualidades acostumbradas a habitar adentro de sus carnes. ¿Habrá celo, habrá miedo, qué hay en realidad?
De alguna manera, hay la previsión del guardián que mide muy bien a quién permite tantear lo guardado, porque sabe que es frágil, que se puede quebrar, que puede cambiar. No hay desazón parecida a una historia de constitución robusta que comienza a desintegrarse por la gracia de un extraño.
Además de que, en común, todos los asistentes queremos hacer arte con las palabras, la otra moneda común es sabemos que las comunidades transparentes sirven para agregar un tanto más de caos a nuestro universo en formación.
En su libro “Muertos breves”, Liuvan Herrera Carpio, director de la escuela, escribió:
El pájaro quiere llegar a ser pájaro;
por eso lleva un bosque en la garganta
aunque las estaciones le oscurezcan el trino.
Y otras acentuaciones
Luego, en el colegio Martim Cereré (Quito) sucedió otro caso de un escritor que salió voluntariamente de su paraíso infernal.
Fue un ensayo para que la juventud experimente la sensación de la creación. Que aquella muletilla de “es que nunca he escritor nada” deje de existir, que comprueben que su interior habita una profundidad que no puede (no debe) ser opacada por la vacuidad de una realidad mundana.
El gran salón olía a desconcierto. Muchos saben cómo usar los pies para patear balones, cómo mover los dedos para habitar la realidad virtual, cómo asumir el papel personas en edad de colegio, ser hijos, amigos o enemigos.
Una hoja de papel y una esferográfica son, en definitiva, la llave maestra que es capaz de desatar un hemorragia de emociones, en la que eran visitantes desconocidos.
A lo mejor muy pocos lograron abrir las puertas. Posiblemente hubo quien decidió husmear o dar una vuelta. La gran hazaña es que descubrieron que existe, que la creación tiene todas las formas y todos los colores.
En este tránsito entre la intimidad de la creación y la comunidad de la reciprocidad, logré tener días de angustia. Son exactamente los que quiero vivir, mientras tomo café con unos personajes que pueden morir mañana.
No hay más por ahora. Ya vuelvo.



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