El cacao es ecuatoriano. Aunque nadie lo sepa
- Álvaro Samaniego Ponce

- 24 abr
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En esta era de las apariencias, no importa si un estudio científico irrebatible determina que el cacao fue domesticado en Ecuador. Como tampoco que la fibras de la toquilla solamente crecen en este territorio. Para la masa pueril, el cacao es mexicano y los sombreros son de Panamá.
Trato de encontrar las razones por las que es importante determinar la nacionalidad de un alimento o de una fibra. Y son tantas a favor como en contra, unas de carácter utilitario y otras con significados más profundos. Siempre con la prevención de que cuando la fibra comenzó a ser usada y el cacao domesticado estas tierras no se llamaban Ecuador, Panamá o México. Eran Abya Yala.
Pero intentemos darles bandera, escudo e himno nacional. Es un ejercicio que trata de fijar la identidad de un producto de reputación mundial y, al mismo tiempo, negarle a quien se ha beneficiado de apropiarse de tal reputación. En los dos casos.
Estamos ante un fenómeno mundial que mezcla algo de toponimia comercial cuanto de error de atribución. El uno es un fenómeno cultural y el otro ha venido de la antropología.

Según esto, no es tan importante la denominación que se le da a un producto en el lugar de origen sino el nombre que se impone en los mercados. Ejemplos hay varios. La historia del “panama hat” es conocida y aleccionadora.
Con respecto al cacao, no existe una conclusión determinante de que haya sido nombrado de alguna manera por parte de los integrantes de la cultura Mayo Chinchipe o de otras de la zonas amazónicas donde se lo domesticó. La llegada a México y Mesoamérica se produjo por el intercambio regional y en México ya encontró una denominación: cacahuatl ("jugo amargo”) en náhuatl, para la fruta, y xocolatl para el preparado.
Errores o denominaciones erradas han existido. Originalmente se llamaba Java al café colombiano, Brazilian Tea al mate y Mexican rum al tequila. No importa cometer errores monumentales siempre que el producto se venda bien.

Ahora, corregir esos errores o, dicho de otra manera, lograr que se entienda cuál es la denominación correcta puede resultar una empresa dificilísima. Así como el tiempo permitió que se grabaran en piedra los errores, el mismo tiempo debería imprimir la corrección, siempre y cuando exista alguna voluntad para que ello suceda.
Se han de hacer campañas permanentes, inteligentes y eficientes. Sin embargo, esa es una puerta de entrada y, acaso, la más cómodo. Sobre todo, y para comenzar, el país carece de una población que sepa, que quiera y que esté dispuesta a defender dicha nacionalidad. No hay triunfo sin defensores.
Algunas veces he conversado con las vendedoras de los puestos del mercado artesanal de Quito. Y les he preguntado si saben de esta realidad, en miras a producir artesanías que poco a poco se instalen en el imaginario mundial pero no, no ha sucedido el milagro, Para qué si el aya uma está resultado buen negocio, para qué si parecería que a nadie la interesa la verdad del kakawa (denominación local pero que es una derivación del español cacao).
Aunque lo que sigue es un desvío, no conviene evitar. El ecuatoriano es un receptor permeable de lo foráneo, pero es un muy mal transmisor de lo propio. Aún persiste la idea de que lo bueno es aquello heredado de Europa y el imperio vecino, pero todo lo que tenga un origen local, ancestral, es mejor esconder.

Se valora muy poco lo ecuatoriano. Somos muy de nuestra tierra puertas adentro, pero nos han convencido que la única manera de sobrevivir puertas afuera es pareciéndonos lo más posible a los entornos externos. Esto tiene que ver mucho con la identidad nacional.
Peor aún, la mayoría de gobernantes glorifican lo externo porque las clases dominantes consideran que tener a lo local como referente es un camino llano y descendente hacia el fracaso, que no somos capaces de ser buenos.
Luego, no hay una sociedad orgullosa de su país que esté dispuesta a defender la identidad nacional, como sí sucede en México o en Colombia, para hablar del barrio.
La coyuntura que podría cambiar las cosas es un crecimiento importante de la venta de chocolate fino de aroma de Ecuador. El mercado está dominado por el producto nacional, que no puede competir en calidad pero que está ganando largamente en calidad.
Y, mucho más importante, poner el tema en el chisme de pasillo y en la conversación digital. No me ha parecido que en las ediciones del reality show Máster Chef se hable con especial énfasis del cacao o del chocolate, como sí del verde cuyo origen está en Asia. La presencia en ferias internacionales es fundamental, pero de esa manera se llega a comerciantes (a quienes les interesa el precio) y no a la gente. No nos sentimos capaces de acudir a la cultura para crear “Mujer con aroma de chocolate” o “Como panela para chocolate”, no estamos dispuestos a capturar los principales espacios en los que el Ecuador es el país ganador, en eventos que nunca son suyos.
Y, estoy seguro que kakawa mishki (cacao dulce, que es lo mismo que chocolate) nunca tendrá será aceptado como el sabor del Ecuador. Es que es muy indio. Aunque sea lo justo.
Hasta aquí. Por ahora.



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