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De la fuerza de los Jedi al ushay de los runas

  • Foto del escritor: Álvaro Samaniego Ponce
    Álvaro Samaniego Ponce
  • 9 abr
  • 4 min de lectura

Actualizado: 15 abr

Los runas tienen un respeto por las montañas que los no runas rara vez entendemos. Para nosotros son accidentes geográficos puestos ahí para el goce deportivo, modelos de fotografía o desafíos internos.


Los runas las ven como divinidades. Apu, es el nombre kichwa para las montañas, a quienes se les considera lugares sagrados en donde se puede lograr una conexión especialmente beneficiosa con la fuerza.


(Para los extraviados hispanohablantes, a los miembros de los pueblos ancestrales de los andes no se les debe llamar indios, no ha inmigrado de la India. Son runas –revisar el diccionario de la Real Academia Española-).


La conexión de la fuerza es una línea vital del contenido de la saga de películas de ciencia ficción Guerra de las Galaxias. Por esos extraños encontronazos, los no planificados, de pronto me he visto dibujando un puente entre planetas del borde exterior de la galaxia y el coloso de los Andes.


Pichincha. Foto de Álvaro Samaniego
Pichincha. Foto de Álvaro Samaniego

Comenzar a escarbar


Probablemente, para la sociedad urbana sea mucho más conocido el concepto de la “fuerza” de los Jedi, que el de ushay de los taitas, yachaks y chamanes. Sin embargo, ushay es un principio presente en los pueblos andinos.


Esta palabra proviene del kichwa y el quechua, su traducción más directa es «poder» o «capacidad energética». O, también, «fuerza vital» y, yendo dos pasos más allá, un principio ordenador, la energía cósmica.


Es ese algo que para tantos habitantes de esta pelota caliente existe, pero no se puede explicar. Los kichwas lo tienen bien entendido y, al mismo tiempo, saben que el ushay indefectiblemente está ligado con otro principio, ayni, la reciprocidad. Tú me das algo y yo te doy algo, esa es la base de que tú y yo vivamos como personas y no como parásitos.


El ushay lo habita todo, está presente en las plantas, los animales, el aire; pero también en las montañas, las piedras. Está ahí, a nivel de los átomos.


Es igual a las Midiclorians, las que producen una mayor sensibilidad para fluir con la fuerza y lograr una capacidad superior de los Jedi galácticos.


Ahora, vale ir por vertientes más profundas: la primera, el lugar que ocupa el ushay en la cosmología andina. Y la segunda, la teoría en la que se basó George Lucas, creador de Guerra de las Galaxias, para crear un universo verosímil.


Para los runas, la energía universal se basa en cuatro principios: munay (el amar), ruray (el hacer), yachay (el saber) y ushay (el poder espiritual).


Aquella imagen de un chamán en la cima de un gigante nevado que acumula energías para curar al mundo está bien para cuentos de insomnio. En realidad, cualquier persona puede tener contacto con el ushay; obviamente, para las personas de poder es más fácil.


Extraer o compartir


Luego, los runas no absorben la energía y la almacenan. Establecen un diálogo con el ushay, a través del cual se origina la reciprocidad. Cuando esto sucede, todo se acuna en la armonía, que debe ser creada y cuidada. Por eso, cuando se sube a la montaña con respeto, en reciprocidad la montaña te cuida. El runa no «extrae» energía del cosmos como si fuera un recurso, sino que entra en relación con ella.


Un aspecto que se destaca, en contradicción con el pensamiento occidental, es que la espiritualidad en el mundo andino es una energía creadora de vida, de la cual participa toda la naturaleza, nos une con todos los seres y con el cosmos.


Imagen creada por Copilot IA
Imagen creada por Copilot IA

El runa (ser humano andino consciente, lógico y armonizador) no se concibe como individuo aislado sino como nodo dentro de una red de relaciones energéticas generales. Por eso, los desequilibrios, la perturbación, provocan reacciones adversas.


Luego, está claro que la fuerza y el ushay son una energía que impregna todo lo existente. Que el equilibrio es un imperativo ético. Que hay personas que pueden percibirla y trabajar con ella. Que la conexión requiere disposición interior. Y, que hay lugares que concentran esa energía.


Estos principios generales parecen ser más comunes de lo pensado. El tao chino sostiene, literalmente, el principio el flujo subyacente, que conecta todas las cosas y al que el sabio se alinea, no se opone.


El budismo enseña que nada existe de manera autónoma, todo surge en dependencia de todo lo demás. Se unen las tradiciones celtas, que veneraban la naturaleza como un sistema vivo, con lugares sagrados, donde el velo entre el mundo visible y el invisible se adelgazaba.


En las religiosidades africanas existe el ubuntu («soy porque somos»), el concepto yoruba de ashe como fuerza vital que circula por personas, animales, objetos y divinidades. Son variaciones estructuralmente análogas.


Por ahí estuvieron las pistas que provocaron en Lucas la creación de la guerra planetaria. Joseph Campbell y su teoría del «héroe de las mil caras» es clave. Se trata de un análisis comparativo de mitologías universales. Esta ha sido una teoría de culto para Lucas. No hay evidencia de que conociera específicamente la cosmovisión andina, pero todo esto me hace pensar que hay ciertos aspectos de la cosmovisión que son universales, que nos superan como individuos e, incluso, como sociedades.


Surge, entonces, un principio de la sociología, conocido como la realidad relacional. El rasgo más consistente es que ningún concepto, ni el ushay ni la fuerza, concibe al ser humano como una entidad separada del resto de lo existente.


Todas parten de la premisa de que la realidad es fundamentalmente relacional. Lo que llamamos «yo» es, en el fondo, un nodo dentro de una red más vasta. Es un nosotros, sin exclusiones. De hecho, todas estas tradiciones distinguen entre la energía como fuerza relacional y el ego como ilusión de separación.


No es necesario perder la cordura para darse cuenta de que el concepto de comunidad está más allá de los nimios apetitos individuales. Sino que, como humanos mal hechos y maltrechos, todavía creemos que somos más importantes que el resto.


No hay duda. Es hora de ir a la montaña, de pedir permiso con respeto, de dejar una ofrenda sincera y de hablar con lo que existe para armonizarnos. Con un sable láser en la mano derecha.


La investigación para este artículo se realizó con la ayuda de Claude, Copilot y Gemini.

 
 
 

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