iArte: la revolución de la quimera
- Álvaro Samaniego Ponce

- 6 may
- 5 min de lectura
Actualizado: 7 may
Es que en tiempos de la revolución digital las cosas pasan muy rápido. O no tenemos tiempo o no tenemos fuerzas para detener el mundo y mirar lo que está cambiando.
Lo que sucede ahora es que la relación entre la creación de arte visual y la inteligencia artificial ha dado a luz un embrión del que podría ser el nuevo género artístico del futuro: iArte, arte creado con inteligencia artificial.
Lo que se ve en el horizonte es amplio, enormemente amplio. El 70% de las imágenes en redes sociales ya se generan con IA. Claro que se agradece el servicio que nos da esta herramienta, pero también nos condena a una confusión brutal, en la que las quimeras (aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo) asaltan nuestra realidad virtual.
Me propongo reducir estas palabras a las exposiciones de arte generado por inteligencia artificial que se presentan en la plataforma Instagram. No se ha editado las capturas de pantalla a propósito. Son impresiones de imágenes en movimiento.
Monstruos escalofriantes, mutaciones repletas de ternura, universos mutantes, animales híbridos, superposiciones apenas verosímiles, engendros y prodigios: no hay límites en la temática pero sí en la calidad.
La historia, cíclica como es, repite, en lo esencial, los momentos cuando la tecnología ha irrumpido en la cotidianidad. La influencia es total, desde los nimios rituales cotidianos hasta las más abstractas expresiones de las tribulaciones del ser.
Así como la aparición de la fotografía levantó una polvareda con toda clase de adjetivos catastróficos, cuando el polvo se hubo asentado las cosas encontraron un lugar y las personas siempre hallaron un espacio donde acomodarse.
Pasa lo mismo con el arte generado por inteligencia artificial. Todo es confuso. Cuesta, de entrada, tener argumentos suficientes para crear un parteaguas entre el arte y el entretenimiento (otra discusión que ya huele a vieja pero que se renueva).
A lo mejor alcanzamos aquí a dejar descritos los hechos visibles. Todavía es pronto para estar seguros de nada. De casi nada: la explosión de iArte descubre también las toneladas de basura que pueblan los espacios virtuales.
¿Por qué una sucesión de imágenes creadas por inteligencia artificial para promocionar la marca equis no es arte y por qué la del artista ye sí lo es? La intención, ese podría ser el cedazo con el que se resuelve la diatriba. En el caso equis, hay la intención, literal, clara, sutil o solapada, de convencer a un cliente de pagar por un producto o un servicio. Tómese en cuenta las palabras cliente y pago. Hay un intercambio comercial. En el caso ye, se le pide a una persona que aprecie la estética, si quiere que construya su ideario de conclusiones, si quiere que ponga un pulgar hacia arriba y que, en todos los casos, se conmueva. Tómese en cuenta las palabras apreciación y sensibilidad (que está oculta pero presente).
Este maremoto de muestras visuales generadas por inteligencia artificial se desató cuando ChatGPT permitió generar imágenes al estilo del Studio Ghibli. 130 millones de usuarios generaron más de 700 millones de imágenes en una sola semana.
Pareció una iluminación divina. Personas que nunca lograron sacarle gusto, armonía o código a un juego de lápices de colores, de pronto podían obtener resultados increíbles con un párrafo de instrucciones.
Tal fue la fascinación que a nadie se le ocurrió preguntarse si algo debía pagar a quienes se inventaron el estilo Ghibli (derechos de autor). Total, estamos en una época en la que apropiarse de lo ajeno es la regla.
Sí, no hay argumentos para negar el derecho de cualquier persona a crear lo que tenga en sus sentidos, en esta especie de democratización de la posibilidad de hacer dibujitos atractivos. Pero de ahí a pensar que eso es arte… Hay harta tierra de por medio.
Basta imaginar a aquellos artistas que por años estudiaron técnicas, extrajeron los misterios del color, visualizaron formas gracias a interpretaciones extraordinarias. De pronto, llega un sabido con un prompt bien hecho (seguramente por la propia plataforma) y en minutos obtiene “lo mismo”. Es chocante.
Es lo mismo para quienes son rápidos en pasar de una imagen a otra. Pero los que se detienen enseguida perciben lo que es sintético de lo que resulta de una explosión sensorial.
La plataforma digital Deep Seek encontró que «el arte generativo con IA continúa el espíritu radical y experimental de movimientos de vanguardia del siglo XX como el constructivismo y el dadaísmo. Los constructivistas veían al artista como un ingeniero que integra el arte con la vida cotidiana usando la tecnología, mientras los dadaístas empleaban el azar y el absurdo para criticar la deshumanización de la mecanización y la producción en masa».
Siguen asomando las dudas. ¿Se puede considerar al autor del prompt como autor de la obra? ¿La inteligencia artificial es coautora de la creación del arte o es un instrumento que solamente sigue las órdenes de una inteligencia natural sensible?
Ahora, me parece que el iArte cobra verdadero interés cuando se transforma en una experiencia audiovisual. Es verdad que hay artistas que idearon cuadros estáticos con la IA. Pero hay muchos que decidieron que esa información que proviene de sus sentidos, su experiencia, su conocimiento y su ser humanos debe moverse, como la demostración cabal de que es arte vivo.
Hay los que logran lo que se considera el verdadero arte: una experiencia. Hay los que construyen álbumes de pequeñas animaciones inconexas. Los que toman una imagen o un color y la llevan al límite de la transformación. Otras crean mundos que están en el límite de la verosimilitud y que no niegan su “artificialidad”. He visto varios diestros en urbes distópicas, los que crean historias de ternura y los que producen tarjetas de farmacia para resaltar el amor. Unos juegan con colores pastel, otros son psicodélicos extremos, unos están seducidos por combinaciones imposibles de tres colores y hay los que solo juegan con paisajes extraluminosos; la colección de texturas es inmensa.
También queda pendiente establecer los límites entre la animación y el iArte, que pueden parece iguales pero no necesariamente son lo mismo. El animador trabaja cada cuadro (frame), en una especie de juego por administrar la duración del tiempo de la creación. El iArte no necesariamente.
He notado una tendencia a reproducir el canon, lo hegemónico, lo blanco, lo occidental. Pero me queda la duda de si eso es lo que hay o si mi algoritmo me ha condenado a no ver personas “feas” ni realidades incómodas, me ha sentenciado a no apreciar la estética africana, el wabi sabi japonés o los rasgos geométricos maoríes.
A lo mejor, estamos llegando al punto en que el artista es, básicamente, una gran director que ordena las piezas de rompecabezas a su gusto y no el artesano que construye cada pieza
Esta es una primera aproximación. Les dejo los vínculos de algunos artistas que me llamaron la atención:
No hay más por ahora. Ya vuelvo.

































Me quedé contrariada después de leer el artículo. Por un lado, la IA ha podido, de cierta forma, "democratizar" el acceso a todo. Como mencionas, quienes no saben dibujar ahora tienen arte del estudio Gibli personalizada en segundos. Pero, a su vez es preocupante que un prompt sea lo único que necesitas para conseguirlo todo, no solo arte.
Las brechas de desigualdad ahora se amplían faovreciendo a quienes escriben mejor un prompt.