La experiencia tenaz de la distopía
- Álvaro Samaniego Ponce

- 9 jun
- 4 min de lectura
Fue un viaje apasionante en el que me embarqué hace ya dos años. Una entrada, sin pasaporte, en el túnel del tiempo para explorar el futuro.
Otra analogía con la que me sentí cómodo fue haber hecho minería de recuerdos, que incluyó abrir el estante de los mapas donde se guardan los pergaminos de las regiones luminosas, para tratar de encontrar las direcciones que debía visitar en el futuro, sin falta.
No es común hacer este viaje. El destino literario, completamente predecible, fue una distopía y ir a un territorio que, generalmente, pasamos y despachamos como postales de amistades que se alejaron.
Me refiero a la experiencia de «Sicarios de Quito» (Alectrión, 2025). Durante meses tuve que entrar en una ciudad, que no llegaré a conocer, en la que debería construir aspectos tan amplios como la organización política, el clima o los usos sociales, y detalles tan insípidos como el brillo del pomo de la gran puerta de madera de una casona republicana sentenciada a las ruinas.
Aunque sin ser un propósito, como escritor siempre estoy mirando el pasado –que es como cosechar lo que está en el campo- y en el futuro. El tiempo del ahora es demasiado efímero para tomarlo como modelo. A menos que haya decidido escribir un cuento, en cuyo caso hay que parar el mundo para atrapar ese momento y sostenerlo tanto cuanta fuerza se tenga para fisgonear debajo de la alfombra.
La resolución de la estructura de una novela prevé un montón de decisiones. Una de ellas es el tiempo y se debe resolver entre pasado, presente y futuro, en términos generales. El pasado es el preferido, habitualmente porque sobre él hay más certezas. Se investiga para hacer una novela escenificada en el ayer. Se debe ambientar los espacios de acuerdo a las notas que relatan lo que fueron, se debe agregar detalles (como un gramófono) y eliminar otros (como un dispositivo móvil). El tiempo determina muchas otras cosas..

Pero, sobre el futuro, lo que hay es una gran interrogante, dicho con cariño. Porque lo que existe es un vacío abisal. Todos desarrollamos varios niveles de capacidad de especulación. Es decir, tratamos de llenar los vacíos que no ocupa la información que tenemos a mano. O, en la era de los pendejos, de reemplazar las mentiras por palabras más ajustadas a la verdad.
En la distopía sentí la responsabilidad de crear un mundo verosímil, en lo posible sin baches; una especulación severa. La clave para cumplir con el cometido fue usar la realidad como si fuera la vieja aritmética del 2 + 2 = 4. Si la humanidad se empecina por sostener un modelo de vida capitalista, el resultado será el calentamiento global. Luego, si existe calentamiento global se perderán irremediablemente recursos. Esto es parte de muchos estudios científicos.
Aquí entra la mano del escritor para torcer la realidad y dar el salto hacia la ficción: ¿cuál recurso será el determinante para que la novela tenga una estructura, un sentido, una narrativa, una lógica?
En mi caos fue el agua. Lo hice a sabiendas que, por ahora, en la ciudad que vivo el recurso es casi ilimitado. Dentro de mi cerebro tenía que crear condiciones absolutamente opuestas a mi cotidianeidad para que mis sentidos puedan explicar la realidad futura y mi alma pueda construir una historia que tenga de pena, de rabia y de esperanza.
No creo que exista una distopía que no tenga algo de utopía. De lo contrario, entraremos en el campo del apocalipsis: todo será un camino recto y sin distracción hacia la extinción.

El verdadero conflicto se produjo en el cerebro. Una decena de veces me senté en los bancos de la Plaza de la Independencia, con vista al oeste, y traté de quitar del paisaje todo elemento que presuponga que existe vida animal o vegetal.
Aunque fue posterior al término de la redacción del primer borrador, la inteligencia artificial fue útil para crear la imagen de una distopía que yo la tenía suficientemente masticada, en el campo textual.
El reto que le siguió fue la redacción. Ese es un torneo en el que se debe recorrer una distancia larga llene de trampas. En «Sicarios de Quito» el recurso más escaso es el agua. Luego, no había agricultura y ganadería. Entonces, de qué se alimenta la población.
Comienza, así, a funcionar la especulación, imaginar una fórmula inexistente pero creíble de la forma que la humanidad resolvió el problema de su supervivencia alimenticia.
No han geranios en las macetas, no se puede invitar a tomar un café, hay una resignación social al polvo, la tecnología se ralentiza, las nubes desaparecen. El estremecimiento que siguió a la constatación de que en la novela los dos colores dominantes son el cielo azul y la tierra yerma fue clave. Y muy duro de digerir.
Quiero decir, escribir de distopía, de ciencia ficción o, por último, de realidad aumentada es una exploración demandante. Hay que ponerle combustible especial a la capacidad de inventiva y tener a la verosimilitud respirándome en la oreja.
Al fin y al cabo, no tuve nunca la intención de crear un mundo inexistente (eso ya lo he hecho, como le consta a Javier), quise predecir el futuro con más ciencia que superchería.
Son opciones que el escritor debe resolver, son parte del rosario interminable de bifurcaciones. Cuando la obra ya está, conviene enterrar muy profundamente la especulación de qué pasaba si escogía caminos diferentes a los seleccionados en las bifurcaciones. Si esa interrogación no se sepulta hará de esta una profesión invivible.
No hay más por ahora. Ya vuelvo.



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