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Las notas y texturas de un amanecer procaz

  • Foto del escritor: Álvaro Samaniego Ponce
    Álvaro Samaniego Ponce
  • 24 jun
  • 4 min de lectura

Lo que propuso Mesías Maiguashca en «Canción de la Tierra» son una serie de indecencias que miran con desdén al formalismo, con la intención de que volvamos la mirada a lo que tenemos dentro. Lo que yo mismo tengo en las profundidades de mi espíritu.


Media hora antes del inicio previsto (cinco de la mañana), el Palacio de Cristal (Itchimbía) tenía más gente de la habitual: ponchos, gorros de lana, termos de aguas de vieja, mucha expectativa (quizás más de lo que predijeron los organizadores).


Maiguascha (1938) se dio una vuelta con unas palabras grabadas y dejó la ejecución bajo la dirección de Jorge Oviedo. «Canción de la Tierra» debía comenzar con la misma inevitable puntualidad como el día.


El creador utilizó la chacana (la cruz andina de ocho lados) para determinar la disposición espacial de tres conjuntos musicales, que son parte de la Fundación Teatro Nacional Sucre: Orquesta de Instrumentos Andinos, la Banda Sinfónica Metropolitana y el Coro Mixto Ciudad de Quito, más un par de músicos invitados.


Y usó, con desvergüenza, el amanecer del 21 de junio, cuando se conmemora el solsticio de verano, el Inti Raymi. En realidad, fue un concierto del año nuevo andino, época de agradecer por lo recibido y también de devolver la energía que el sol entregó en el tiempo anterior.


Foto: Álvaro Samaniego
Foto: Álvaro Samaniego

Los modernos habitantes de los Andes se han especializado en negar esta fiesta, propia de la cosmovisión andina, como si pudieran huir de ella. La consideran una celebración pagana de los indios de la que hay que apartarse para parecerse más a los arquetipos de ciudadanos de éxito. Como si pudieran huir de ello.


Lo que en un programa puede aparecer como una obra musical era una construcción con un montón de capas, tantas notas como texturas. Habrán estado conmovidos los que la leyeron desde la técnica musical y estuvimos encantados quienes la vivimos con los sentidos.


El hecho de que la obra fuera compuesta para que los asistentes se muevan libremente dentro del espacio vacío le dio un sentido de comunidad muy especial. Creó la posibilidad de sentirse parte del coro o de los músicos, hubo más de un vínculo con otros asistentes, se quebró la maldita individualidad con la que nos quieren someter. En realidad, los espacios vacíos se ocuparon por los cinco sentidos, en ese momento tangibles, manoseables.


En el centro del Palacio de Cristina se había dispuesto una «jaula», de la que colgaba una escultura móvil de Gabriel Maiguashca. La cantidad de sonidos que fueron capaces de salir fue increíble.


Conforme la noche iba cayendo en una gravedad perfectamente oscura, la obra golpeaba más o menos a los sentidos, las pulsaciones estaban en un subibaja marcado por la sorpresa. Y por la profundidad.



No sé si los músicos estaban jugando a obtener los sonidos más extraños o si en la mente de Mesías habitan unos fantasmas sonoros, cordiales y solidarios. Mientras la percusión entre piedras retumbaba, las voces del coro reproducían los sonidos de mercados y barrios, las cuerdas del móvil del centro cantaban como arterías movidas por pasiones, las zampoñas y las cuerdas de charango exhalaban lamentos contentos, en el fondo el cielo había perdido la fuerza del negro y comenzó a desteñirse.


El día del año nuevo andino fue un motivo adecuado para hablar de los tres estados del universo según la cosmovisión de los Andes: el Hanan Pacha, el mundo de arriba, habitado por los dioses y los astros. El Kay Pacha, o mundo terrenal, en el que estuvimos (y estamos) nosotros. Y, el Ukhu Pacha, el mundo de abajo, donde habitan los muertos, las semillas y la fuerza regeneradora de la vida.



Todo eso estaba dicho por notas y texturas procaces.  


Se interpretaron 19 cantos de una obra que fue compuesta entre 2011 y 2012 y que fue estrenada en 2013. La dirección estuvo a cargo de Jorge Oviedo. Destacan «Canción del ser», «Canción del ruido cósmico», «Canción del viento», «Canción de la papa chuna», «Canción del agua» y «Canción del amanecer».


Para alentar al sol a eclosionar, para asegurarle que no debía temer, músicos y asistentes repetimos largamente una misma nota. Sin mucho esfuerzo, las vibraciones del sonido pusieron a temblar, en un festival entre oscilatorio y trepidatorio, las células, los poros, las pestañas, las uñas. Y sucedió la claridad.



Sin todavía poder recuperarnos, los músicos andinos entonaron, fuera de programa, un ritmo andino festivo. Habíamos al menos doscientas personas bailando alrededor del móvil central, la obra del maestro Maiguashca nos había dejado con una necesidad urgente de agradecer, de juntarnos, de bailar con un zapateado terso, continuo.


Para hacerle sentir a la tierra que somos suyos. Aunque queramos huir.


Es extraordinaria una presentación de este nivel en Quito. Perderse fue dejar que pase de largo la oportunidad de entender la vida de otra manera. Cuando la noche ya no es tal, cuando el día no puede llamarse así, en ese espacio liminal, en esa pausa entre respiros se sintió la vida. Tal como tiene que volver a ser.


No hay más por ahora. Ya vuelvo.




 
 
 

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