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¿Quemamos al periodismo?

  • Foto del escritor: Álvaro Samaniego Ponce
    Álvaro Samaniego Ponce
  • 28 abr
  • 5 min de lectura

Llevo más de cuarenta años en esto del periodismo y me desencanto con velocidad y vehemencia. Lo que leerán más abajo es una catarsis. No esperen que tenga una narrativa lógica. Lo que sí, aquí hay una suma de memoria, de vivencia y de reflexión. Haber publicado alrededor de 3.000 artículos, realizado decenas de horas de video y un poco menos de radio me dan una ventaja, que no una autoridad. Entonces, que siga esta feria del desangre, a expulsar la ponzoña por la herida.


He aprendido que quienes se ponen la capa de la libertad de expresión es porque no tienen suficientes argumentos para justificar lo que afirman. Esta libertad es como la democracia: se le considera el mejor sistema político porque se le puede manosear.El periodismo es como el protector solar, se sale sin previsión, idea, concepto, escrúpulo, reflexión ni sustento a regar mierda. Con los ojos vendados. Si hay consecuencias, se viste de nuevo la capa de la libertad de expresión y santa paz.


Los buenos periodistas rara vez invocan este principio en su trabajo. Los que sí hacen los deberes exponen con suficientes argumentos la información. No les hace falta más. Se acercan honestamente lo que más pueden a la verdad. He visto a tanto mediocre ofrecerse a la inmolación para defender esta libertad que ha dejado de ser importante para mí.


Sí, hay principios universales que regulan el periodismo, que están pensados para garantizar que sea un servicio público. Pero, torcerlos un poco –o manosearlos con morbo- no es tan relevante si el objetivo es la plata. Es que si no se lo hace no habrá periodismo, he oído decir. Es que está demostrado que hay formulas eficientes, insisto.


Una que es clave es dejar de ser serviles. El oro puede ser material o moral. Ellos saben que el periodismo es mercancía que se compra, se usurpa, se hipoteca o se cobra. Luego, muchos discursos académicos nos tratan de converncer de la falsa dicotomía, la mentira perversa: o te metes en el sistema o mueres. O tuerces la verdad para obtener el oro material y la palmada moral, o te quedas en la cuneta (casi con seguridad, sangrando).


Luego, si eres un tonto que se abriga en la libertad de expresión, te acomodarás al sistema sin mucho remilgo y sin darte cuenta te volverás un operador político.



La mayoría de los que se dicen periodistas están muy lejos de ser ilustrados. A pesar de que tienen la ventaja de manejar toneladas de información, tienen un rechazo obsceno por el conocimiento. Pregunte usted a uno de ello, cuál fue el último libro que leyó. Cuál fue el último autor que le torció los paradigmas. Cuál fue el último avance en la deontología que cautivó. Tengo plata en la mano, apostemos. Cuándo fue la última vez que se reunieron en un foro para hablar de la comunicación digital, los bulos, la posverdad, la inteligencia artificial, la coprofilia del papa Francisco. Cuántos saben si quiera que es la coprofilia. Un periodismo irreflexivo es un instrumento ideal para manosear la democracia a placer, es como una celestina que es cómplice de violaciones.



La intromisión de los influenciadores (y todas sus clases, subcategorías y plataformistas) tienen un balance en contra. La democratización de la comunicación fue reclamada siempre. No había un equilibrio de poder en una sociedad que se informaba por empresas periodísticas marcadas por el lucro. Pero no fue más que una ilusión. De nuevo, los grupos de poder ocuparon buena parte de los espacios del espectro de la comunicación digital con dos tipos de contenidos: los obsecuentes y los inútiles. También hay espacios independientes, valiosos y necesarios, pero están opacados por el excesivo ruido de los otros. Es aritmética simple: una vocinglería de cientos de obsecuentes e inútiles impiden escuchar a los otros. Es que la libertad de expresión…


Entonces, ahora aparecen como periodistas o comunicadores o, lo que es aún peor y dicho con evidente intención de manipulación, creadores de contenidos. Eres mejor si tienes más caritas felices. Te invitan a eventos oficiales, a shows, te toman fotos, te paran en lugares públicos. Pero si en vez de caritas felices tienes argumentos, te ahogarán en un océano de nada.



Hay un síndrome cuya síntoma relevante es la pereza. El tedio es la reacción natural a la subordinación. Luego, sucede que lo que dice la CNN (y sus similares) es reproducido literalmente. La forma cambia, el fondo se mantiene. Para qué pensar mucho, para qué dar las vueltas, para qué investigar, para qué determinar el contexto, cuál es el objetivo de la reflexión que no sea la pérdida de tiempo. Y como el tiempo es oro (en la misma lógica anterior), hay que rendirse a sus encantos. Luego, se toma literalmente las ideas de los centros del poder, se la da a la inteligencia artificial –debidamente adoctrinada- para cambiar la forma, se publica como gran cosa y se cobra sin vergüenza. ¿Existe algún paraíso mejor que este?


Sucede porque la comunicación está en un terreno sin ley en el que los que cometen el pecado de la repetición literal no deben rendir cuentas. Pueden ir por la vida recibiendo premios y haciendo videos pendejos. Las grandes empresas periodísticas de EE.UU., por ejemplo, son cómplices de millones de vidas perdidas por hacerse eco de mentiras con respecto al poderío militar de otros. ¿Alguien oyó al menos una disculpa? ¿Hay algún documento de análisis y conclusiones de las consecuencias de subirse al carro de las mentiras? Últimamente he visto varias películas y series en las que el papel del periodismo es vergonzoso. Son una ratificación de un largo rosario de constataciones.



Maloliente y que se esfuerza por oler cada vez peor: comunicación política (obviamente no toda esta comunicación, pero una buena tanda sí): granjas de bots, mesas secretas para sembrar mentiras, cuartos estratégicos para defender las bazofias. Fábricas que construyen lo necesario para que la quinta fase sea lo que es.



O quemar a quienes manipulan a los periodistas para favorecerse del periodismo. Generalizar es una de las más patéticas formas de posverdad. Luego no, los tiros no van por ahí. Van porque el periodismo, el de verdad, es indispensable. Es una de las patas sobre las que se sustenta la democracia o, si quieren, el apoyo de un mundo con algún nivel de civilidad. Porque es un servicio social vital como el internet, la luz del sol o un abrazo tierno.

Hay una contradicción de estructura brutal: en parte, llegamos a donde estamos gracias al periodismo, pero la comunicación se encarga, paralelamente, de dinamitar ese avance.


Luego, no hay más opción que resistir. Eso significa no dejarse seducir por el oro y sí entregar la vida por la integridad. Que el trabajo que hacemos vale la pena, es silencioso, actúa lento, pero su aniquilación será el preámbulo que acompañe a la desaparición de la humanidad. Por eso hago lo que hago, hay personas que se merecen mi esperanza, hay acciones que acogen mi utopía. A lo mejor sí se puede mitigar esta catástrofe.

Hay días, muchos, que quisiera quemar todo, cuando ves los medios de comunicación y las redes sociales llenas de lo que no se debe hacer. Pero luego entiendo que lo que yo haga solo no cambiará nada. Lo que hagamos todos sí puede lograr que el poder deje de manosear con tanto morbo la verdad.


No hay más por ahora. Ya vuelvo.


 
 
 

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